(DNN) Ahora que se acaban de cumplir diez años de la aprobación de la Ordenanza Municipal del Euskera, la sensación general de la ciudadanía (y muy específica de los pamploneses bilingües) es que Iruña es un concepto más pequeño, difuso y folclórico que Pamplona.

En el mejor de los casos, ocupa un 70% del espacio que se le otorga a Pamplona, y como prueba están las señales direccionales que el equipo de Yolanda Barcina está colocando en el interior de la ciudad. Allá donde una señal indica Casco Viejo en un tamaño de letra 100 -pongamos por caso-, se lee Alde Zaharra a un cuerpo 70, lo que podría significar dos cosas: o bien se trata de un barrio más pequeño en euskera que en castellano, o bien los ciudadanos bilingües tienen más agudeza visual que los únicamente castellanoparlantes. Dado que ambas hipótesis son descabelladas, no cabe sino concluir que UPN cumple a su manera la declaración inicial de la Ordenanza del Euskera aprobada en 1997 con el único voto en contra de los regionalistas: "A regañadientes", según han venido calificando esta actitud muchos ediles de la oposición.
"El Ayuntamiento de Pamplona considera el vascuence como una de las dos lenguas propias de la ciudad (...), hoy se propone garantizar a los vecinos la atención municipal en dicha lengua. Por otra parte, y ante la situación actual del vascuence, se compromete a su fomento, dada su condición de lengua minorizada e indudable patrimonio cultural que precisa de una especial atención para su mantenimiento y utilización". Así comienza la exposición de motivos que sirve de arranque a la Ordenanza del Euskera aprobada por el Ayuntamiento de Pamplona el 12 de septiembre de 1997, con Javier Chourraut (CDN) como alcalde, apoyado por PSN e IU.
Pese a haber transcurrido ya diez años desde entonces, y a pesar del indudable avance del conocimiento del euskera entre la población, dicho preámbulo sigue siendo un horizonte lejano, de perfiles desdibujados por las tres modificaciones legales introducidas por UPN, y atrapado en una brumosa maraña de recursos judiciales y actuaciones municipales de dudosas intenciones. Aún hoy no hay manera de ser atendido en euskera el 010 (teléfono de atención municipal), y las rotulaciones y comunicaciones municipales con igual trato a los dos idiomas son más una excepción que una norma.
El génesis de la ordenanza hunde sus raíces en el empeño personal de Joaquín Pascal (PSN) de dotar a la ciudad de una normativa lingüística que fijara el estatus del euskera en Pamplona, cuya inserción en la zona mixta por parte de la Ley del Vascuence de 1986 dejó a la ciudad en una situación de cierta indefinición, como Estella y el cinturón de la capital. De hecho, ya en 1996 Pascal escribió en la revista Ze berri? que "Pamplona está coja sin el euskera" y afirmo su deseo de "una ciudad, variada y plurilingüe".
Tras varios meses de tramitación, el pleno municipal dio su aprobación a un texto que en su mayor parte sigue vigente. Votaron a favor CDN (6 ediles), PSN (5) e IU (3), mientras que UPN (10) votó en contra y HB se abstuvo (3). En el desarrollo de la ordenanza también cobraron especial protagonismo Javier Iturbe (encargado de dar forma a todo lo referente al personal municipal) y Lidia Biurrun (concejala de Urbanismo encargada de impulsar el Plan Municipal).
Como consecuencia de todo ello, se abrieron dos vías de actuación, una dedicada a fijar y oficializar la toponimia de la ciudad, y otra a determinar los perfiles lingüísticos del personal municipal. Para ello, se crearon sendas comisiones de trabajo que funcionaron durante casi un año.
ToponimiaÍmprobo trabajo sin aplicaciónA día de hoy, las únicas denominaciones euskéricas oficiales de Pamplona son aquellas contenidas en el Plan Municipal aprobado en 2002. Es decir, son oficiales de forma indirecta, y sólo porque son citadas de esta forma en otra normativa, pero no porque haya una ordenanza específica de toponimia. Así, son oficiales las denominaciones de las 24 unidades integradas (aproximadamente, los barrios). Entre ellas hay nombres únicamente en castellano (Milagrosa, Trinitarios), otros con doble denominación (Rochapea/Arrotxapea, Casco Viejo/Alde Zaharra, San Juan/Donibane...) y unos cuantos únicamente euskéricos (Lezkairu, Etxabakoitz, Arantzadi). Como es sabido, la propia ciudad se nombra con la doble denominación Pamplona/Iruña (la forma Iruñea se desechó oficialmente en 1990), que se emplean cada una en el contexto de su idioma (si se está hablando en castellano, Pamplona, y viceversa).
En cualquier caso, el grueso del trabajo recayó en una comisión de toponimia que elevó su propuesta final al Consistorio el 30 de octubre de 1998. Era un grupo muy heterogéneo formado por el propio Joaquín Pascal (PSN), Javier Baleztena, Ana Echaide, Juan José Martinena, Patxi Salaberri, Iñaki Azkona, Mikel Belasko, Juan Karlos López Mugartza, Inma Errea y José Luis Molins.
En dicha propuesta, firmada por todos los miembros de la comisión, se aprobaba el nombre oficial de todos los barrios, calles, infraestructuras, monumentos y demás elementos de la ciudad, aparte de proponer nuevas denominaciones autóctonas como Portalapea (escaleras entre Santo Domingo y San Saturnino), Zugarrondo (plaza de Navarrería) y Kosterapea (Oblatas). El documento venía acompañado de un exhaustivo informe que razonaba con argumentos lingüísticos cada una de las propuestas, en lo que constituye un ímprobo y cualificado trabajo que todavía no ha encontrado aplicación práctica. La importancia de determinar la toponimia pamplonesa queda fuera de toda duda si se tiene en cuenta que en la denominación de las nuevas vías urbanas tendrán preferencia "los topónimos, términos y parajes de la ciudad, acreditados debidamente por catastros y archivos municipales".
Pues bien, esto último es prácticamente lo único que se lleva a cabo por parte del Ayuntamiento, ya que el trabajo de la comisión de toponimia nunca llegó a debatirse en el pleno. Se acercaban las elecciones de 1999, las primeras que ganó Yolanda Barcina, y a los partidos con más responsabilidad en el tripartito municipal no debió parecerles oportuno abrir un frente que UPN (opositor acérrimo a la Ordenanza del Euskera) podría aprovechar electoralmente para hacerse con la Alcaldía. A Barcina no le hizo falta este debate y ganó las elecciones igualmente. Años después, concretamente en 2005, UPN modificó la ordenanza para hacer desaparecer esta comisión (que no se reunía desde 1998) y también la de perfiles lingüísticos en la Administración municipal.
Personal municipalRealismo lingüísticoLa otra cuestión básica para la normalización del euskera en la Administración municipal consistía en definir los perfiles lingüísticos de la plantilla del Ayuntamiento, con el objetivo obligado (según fija la ordenanza en vigor) de garantizar la atención al ciudadano "en cualquiera de las dos lenguas propias de la ciudad". Así, a principios de 1998 se creó una comisión presidida por Javier Iturbe (PSN) que el 10 de diciembre de aquel año aprobó una propuesta en este sentido, basándose en dos condiciones previas fundamentales: su cumplimiento a medio o largo plazo, y que todos los empleados tengan derecho a conservar su puesto de trabajo. Por lo demás, baremó el mérito de conocer euskera para acceder al funcionariado municipal y fijó el volumen de personal al que se le debe exigir dicho bilingüismo.
En síntesis, tomó como base una plantilla orgánica de 1.449 personas, de las que eximía a 1.134 de cualquier exigencia lingüística. Es decir, más del 78% de la plantilla no se veía afectada por la propuesta de esta comisión; el euskera se consideró mérito para el 3,8% de la plantilla, otro 2,5% lo tenía como recomendación, y para un 15,1% de los empleados municipales se consideró preceptivo saber vascuence.
Queda dicho que esta propuesta "de mínimos", según sus redactores, tampoco fue debatida en el pleno y a día de hoy ha decaído tras la disolución de la comisión que la confeccionó. Por lo demás, la política de personal de UPN respecto al euskera ha sido durante estos últimos años un rosario de recursos judiciales y administrativos impulsados por organismos de fomento al euskera y apoyados por los sindicatos, con sentencias desiguales y arrojando como resultado una maraña legal que ha logrado asociar al euskera con conceptos como conflicto, protesta, juzgado...